A veces llega a mi mesa un caso que parece un rompecabezas con pocas piezas. Fácil, reconocible, casi rutinario.
Esta historia comenzó así: un cliente me contactó para vender un piso heredado junto a sus dos hermanos. Ya tenían la Declaratoria de Herederos, así que el cartel de “quiénes heredaban” estaba claro. Lo que faltaba era el “cómo” y el “cuándo”.
La adjudicación del inmueble seguía pendiente, ese trámite inevitable que pasa por notaría, Hacienda y Registro.
En Canarias el impuesto es amable, un 1% del valor heredado, aunque amable no significa gratuito. En una vivienda de 150.000 euros, el número ya no es tan tímido: 1.500 euros en impuestos y unos 3.000 euros sumando notaría y registro. Nada imposible, pero lo suficiente para que los tres herederos quisieran retrasarlo.
El plan que traían era seductor en su simplicidad: “Buscamos comprador, pedimos una reserva, y con esa reserva pagamos los trámites”. Suena lógico, incluso viable… siempre que todos estén remando en la misma dirección.
Y esa fue mi alarma.
Como siempre hago, revisé la documentación y pedí una reunión con los otros dos herederos. Fue en esa conversación donde la historia se abrió como una grieta discreta en la pared. No todos querían vender, no todos estaban convencidos y, lo más delicado, no todos estaban dispuestos a firmar llegado el momento.
La operación podía romperse en cualquier punto, y usar el dinero del comprador para adelantar trámites se convertía en una ruleta donde, al menor desacuerdo, la inmobiliaria tendría que explicar cómo recuperar un dinero ya gastado en notaría y Hacienda.
No era un riesgo razonable para nadie.
Así que marqué el camino seguro:
La reserva se depositaría en la inmobiliaria, pero no se usaría para ningún trámite previo.
Recomendé a los herederos buscar el dinero necesario para completar su adjudicación y regularizar la herencia por su cuenta. Les expliqué que, una vez resuelto, la venta fluiría sin tropiezos y que, en menos de un mes la venta estaría firmada y cada uno tendría en su mano su parte correspondiente. Con ese dinero podrían saldar el préstamo que habían pedido para cubrir los gastos.
Los acompañé en cada paso y aseguré que el comprador no quedara atrapado en una historia que no le pertenecía. Cuando todos los documentos estuvieron en regla y cada heredero tenía claro el rumbo, la operación avanzó con la suavidad que siempre deseamos.
Al final, la venta se cerró sin sobresaltos.
Y todos entendieron algo esencial: cuando se trata de herencias, la prisa y el ahorro inmediato suelen salir caros. La claridad y la previsión son el verdadero atajo.